Día 10

martes, 24 de marzo de 2020

One fine day.

Hay una escena en la película Notting Hill (que no es original y que también ha sido copiada después), en la que se ve al apesadumbrado protagonista caminando de forma distraída por un mercadillo mientras las estaciones se van sucediendo en la pantalla. No es más que un elegante truco de guion para que el espectador tenga la impresión de que ha pasado mucho tiempo sin necesidad de consumir mucho metraje o de tirar de otros recursos técnicos, pero ayer me acordé mucho de esa escena porque me dio la sensación de estar viviendo algo parecido.

Durante las dieciocho o diecinueve horas en las que ayer estuve despierto pasé por todos los estados de ánimo posibles; por todas las temperaturas de humor, por todos los tonos de empatía y por todas las estaciones del año. Amanecí con un día gris en la ventana, pero la luz cerrada y plomiza que había al otro lado del cristal fue evolucionando a lo largo de la mañana hacia una lluvia pobre, casi inapetente, que caía sin hacer ruido, y después a una poderosa tromba de pequeñas pelotas de hielo que no dejaba sonar otra cosa. Una cortina de granizo enfurecido que nos hizo salir a todos los vecinos a la ventana para sentirnos un poco más pequeños todavía. Poco después, porque sí, apareció un sol potente y luminoso que llenó mi habitación de una luz tan fantástica que hacía difícil creer que ese mismo lugar hubiese tenido el color de la ceniza pocas horas antes.

Amanecí con la definición de amistad que la niña de nueve años que vive conmigo acababa de enviar a su profesora en forma de poesía. “La amistad es como cantar. Permanecer en el tono y practicar”, había escrito. Y esa bobada me hizo subir al cielo. Pero esa misma niña fue la que me confesó horas después, con lágrimas en los ojos y con toda la sinceridad que tenía disponible, que había momentos del día en que se sentía muy sola; que quería estar conmigo y que yo, aparentemente, no podía estar con ella. Y esa pequeña verdad me hizo descender al infierno.

No creo que un cuerpo humano como el mío esté diseñado para montarse a diario en esta especie de montaña rusa en la que se está convirtiendo esto de la reclusión. Una montaña rusa que además de tramposa es también virtual, porque hay que vivirla en la distancia; como alguien ajeno; sin contacto y sin piel; sin poder moverte de ese mismo milímetro cuadrado que no termino de conocer. En menos de un día pasé de tener una charla cariñosa con un amigo del que me había alejado últimamente, y al que había decido acercarme precisamente como consecuencia de ese espíritu mágico que surge de una situación tan excepcional, a recibir la noticia de que había fallecido el padre de otro viejo amigo. Una persona a la que hacía tiempo que no veía, pero a la que conocía bien y con la que había compartido muchos momentos buenos.

Todavía no termino de creérmelo. Es terrible sentir cada vez más cerca el aliento de esa enfermedad que hace pocos días nos parecía exótica y extranjera y que ya no lo es. Reconozco mi insolente ingenuidad cuando empecé a saber de aquello que estaba ocurriendo en una ciudad china de nombre impronunciable y que hoy nos resulta tan lejano en el tiempo. Tendemos a pensar que todas esas desgracias apocalípticas que los telediarios nos enseñan a diario son cosas que le pasan a los demás; que son exclusivas de "otros"; que de alguna manera se quedarán al otro lado de las fronteras de ese otro mundo, el nuestro, que es el único que entendemos como real; que “alguien” hará “algo” antes. Es más, reconozco que el día que me despedí de mis compañeros de oficina lo hice entre risas y chistes, con la extraña sensación de que todo era una exageración y de que algo así no podía estar pasándonos a nosotros.

Pero estaba pasando y no había hecho más que comenzar. Las noticias terribles ya no llegan a través del boletín informativo de una emisora llena de señores rabiosos. Las noticias terribles llegan ahora a través del whatsapp y las escriben los propios protagonistas. Unos protagonistas a los que además conocemos.

Ayer me enfurecí hasta extremos impropios de la sensatez cuando escuché la noticia de que el ejército se había encontrado una residencia con ancianos dejados de la mano de Dios, y que incluso tenían que convivir con sus propios compañeros fallecidos. La imagen no puede ser más terrible y descorazonadora. Pero pocas horas después me enteré también de que los trabajadores de otra residencia de ancianos (de Cádiz) habían decidido recluirse con sus pacientes al ser conscientes de que aquella gente no tenía a nadie más que a ellos. A media mañana me inundó el optimismo pensando en que finalmente parecía que la sociedad había entendido que el hecho de estar recluidos era fundamentalmente un acto de generosidad y que se estaba cumpliendo. Pero poco después escuché el caso de una señora que había estado gritándole a otra desde la ventana, con insultos y descalificaciones de primera categoría, por ir paseando por la calle con un niño de la mano. Resultó que ese niño era autista.

¿Somos ángeles o somos demonios? Seguramente ninguna de las dos cosas.

Es agotador subir y bajar de las nubes. Reír y llorar en un espacio tan corto de tiempo. Ser optimista y pesimista a la vez. Amar y odiar a las mismas personas. Convivir en todo momento con el blanco y con el negro; con el Yin y el Yang; con un gato que sigue siendo de Schrödinger incluso con la caja abierta.

Y todo eso en un único día.


One Fine Day – The Chiffons (1963)

 

Día 9

lunes, 23 de marzo de 2020

Modern Nature.

La primera vez que escuché hablar de la hipótesis de Gaia fue hace ya bastantes años. Alguien me pasó un artículo sobre un químico inglés llamado James Lovelock y y me pareció muy sugestiva esa forma de entender el funcionamiento del planeta tierra. Me alejé un poco de esa misma idea al adentrarme en algunas consideraciones técnicas, y sobre todo al toparme con la marabunta de derivadas políticas, reflexiones pseudo-ambientalistas y profecías apocalípticas que dejaba a su paso, pero la idea central me sigue pareciendo muy interesante.

De forma resumida, la hipótesis de Gaia considera al planeta Tierra como un equilibrio orgánico que responde como tal; es decir, que responde como un ser “ser vivo”. La Tierra se adapta, evoluciona, se protege y hace lo que tenga que hacer para mantenerse “viva”. En principio no es descabellado pensar así porque ese es uno de los pilares sobre los que se construye la química (que es una de las ciencias que explican la vida). Los equilibrios naturales reaccionan siempre intentando conservar el mismo estado que tenían, y se adaptan a su estado de menor coste energético si se les fuerza a salir de él. A partir de esa idea, hay quien relaciona las catástrofes climatológicas como respuestas naturales del planeta frente a la acción del hombre; del mismo modo, la aparición de plagas o pandemias (como la me tiene escribiendo esto) sería la respuesta natural al efecto agresivo de la superpoblación.

Asusta pensarlo de ese modo, y mucho más en la actual situación, pero aunque todo parezca encajar como un puzle sideral, hay que ser sensato y recordar que estamos bailando en esa zona difusa que separa el rigor científico de la literatura de ficción. Todas estas proyecciones y teorías, por muy cinematográficas que sean, hay que tomarlas con un exquisito sentido de la prudencia. Ahora bien, sería bueno aprovechar la ocasión para, al menos, colocarnos delante del espejo.

El planeta Tierra es un sistema finito con un número finito de recursos. Eso es así y no admite discusión. Si la población humana crece de forma exponencial y el consumo de recursos que necesita cada uno de esos miembros crece en la misma proporción, parece evidente que en algún momento alcanzaremos un punto en el que será imposible mantener la realidad que conocemos. No es una leyenda apocalíptica, ni un reproche progre. Son matemáticas. Podemos especular sobre lo cerca o lejos que estamos ahora mismo de ese punto de no retorno, pero sería absurdo cuestionar que ese punto está ahí.

¿Somos conscientes del dilema? Me temo que no. Por resumirlo en un único dato, el consumo de energía de cada ser humano del Planeta ha aumentado al doble en apenas 30 años (de 1984 a 2014; son datos del Banco Mundial). ¡Es el doble! Es decir, no es que seamos más, es que encima necesitamos cada vez más porque somos más caprichosos (y más depredadores). Estamos evolucionando al revés. ¿Se lo está planteando alguien en estos términos (y con alguien me refiero a estados, administraciones, foros económicos, empresas, sindicatos, corrientes políticas y demás agentes con un papel relevante en la dirección que toma la humanidad)? Me temo que no. Por mucho que todos estos mismos agentes digan que sí. Es difícil hacer estas reflexiones desde un yate amarrado en Porto Cervo o en la mesa redonda de un congreso al que has acudido en primera clase. Es difícil renunciar a estar bien y todos, más allá de una reflexión de sobremesa con un orujo de hiervas en la mano o de una limosna ética de vez en cuando, estamos nadando en esta especie de huida hacia delante que supone el modo de vida occidental (más, más, más… yo, yo, yo).

Aparte de informes catastrofistas en foros internacionales tan útiles como este blog, las únicas reflexiones serias que yo he visto al respecto de este tema han llegado siempre por el lado de la ficción. Hace pocos años vi por ejemplo una serie británica llamada Utopia (alerta: spoiler) que trataba sobre una extraña sociedad secreta que desarrollaba una especie de virus que servía para esterilizar a un porcentaje suficiente de población y así salvar el planeta. El dilema estaba ahí: ¿eran malos los malos? Pero había otro dilema, mucho más interesante, que aparece siempre implícito a cualquier solución magistral: ¿Por qué el inventor de la solución no se la aplica a sí mismo?

Otra serie en la que he pensado mucho estos días es una que me impactó cuando era pequeño; una que es también una película, y que tiene como origen una novela de ciencia ficción (escrita por William F. Nolan y George Clayton Johnson) llamada La Fuga de Logan. La trama plantea una distopía postapocalíptica en la que una ciudad vive aislada en una especie de autarquía que se autorregula y donde los seres humanos no pueden vivir más de 21 años. Esa es la forma que tienen para que los recursos se regeneren a una velocidad compatible con la subsistencia. Todo es muy lógico y cerebral hasta que se introduce en la ecuación el hecho de que las personas, que también son equilibrios orgánicos, quieren vivir más de 21 años. Para evitar este “inconveniente” los que han diseñado el sistema, que son los miembros del consejo de gobierno, se han inventado un cuento basado en la fe y han convencido a la población de que lo que les ocurre a los 21 años en esa ceremonia religiosa a la que llaman el carrusel no es su muerte por efecto de un gas letal, sino que se van a vivir a un sitio mucho mejor. La gracia de todo el asunto es que, como era de esperar, todos los miembros del consejo de gobierno tienen más de 21 años. Otra vez, el inventor de la solución se la aplica sólo a los demás.

No es fácil encontrar una salida porque seguramente no exista una que sea perfecta. Siempre existirá una contrapartida que nadie querrá asumir. Así que es evidente que la solución, o lo que sea, tendrá que ser lo menos dañina posible y que el daño se reparta de forma sensata. Es decir, no podrá basarse en datos matemáticos que recomienden prescindir de un sector vulnerable, ni atender al corazoncito egoísta de la mal entendida libertad individual. Aprender a vivir con menos es aprender a vivir más, pero eso, de nuevo, aplica para todos. La solución no puede pasar porque el común de los mortales se apriete el cinturón para que el consejo de gobierno tenga más y viva mejor. Justo antes de todo esto el sistema nos había llevado a una situación en la que la riqueza estaba concentrada cada vez en menos gente. ¿En eso vamos a basar la solución? Pues no. O jugamos todos, o rompemos la baraja.

Modern Nature – Sondre Lerche (2001) 

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Día 8

domingo, 22 de marzo de 2020

Hoy es domingo. Y no me apetece estrujar la melancolía o buscar soluciones a problemas de los que desconozco hasta el enunciado. Hoy lo que me apetece enfocar la vista en cosas que me gustaron ayer, que no están a la vista y que voy a recuperar.

Un libro.

Siempre somos demasiado buenos con las mujeres - Raymond Queneau (1947)

No tenía ni idea de quién era Raymond Queneau (periodista, poeta y escritor francés fallecido en 1976) hasta hace un par de años. Un conocido que estaba leyendo un borrador de cuento que yo había escrito levantó la cabeza y me dijo: “eres muy francés”. Mi escritura, quería decir. No soy consciente de serlo, francamente; y si es así, desconozco de dónde viene. “Sobre todo en la forma de afrontar el humor”, matizó después. “¿Conoces a Raymod Queneau?”, me dijo. ¿No? Pues deberías.

Y así llegué a esta pequeña novela que habla desde el humor calmado y un ángulo que roza el absurdo sobre una noche de locos en plena revolución irlandesa. Y sí, sin tener que ver nada conmigo (creo), me sentí identificado con su forma de contarlo.



Un disco.

Meaningless - Jon Brion (2001)

Creo que solamente nos fijamos en el productor de los discos los que estamos muy metidos en esto de la música. Ahora no me ocurre con tanta intensidad, pero la forma en la que sonaban los álbumes, la selección de instrumentos o la inteligencia en los arreglos era algo que me obsesionaba de forma compulsiva durante el cambio de siglo. En ese caldo de cultivo empezó a aparecer un nombre de forma reiterativa: Jon Brion. Un tipo muy interesante, del que me declaro admirador, que ha producido discos fantásticos (Aimme Mann, Rufus Wainwright, Fiona Apple, Sean Lennon, Keane, Dido…), que ha compuesto bandas sonoras maravillosas (Magnolia, Eternal Sunshine of the Spotless Mind, Extrañas coincidencias…), pero que sólo tiene un único disco en solitario. Ese maravilloso Meaningless que no, no está en Spotify.






Una película.

Mary and Max - Adam Elliot (2009)

No soy muy fan de la animación, y menos de la stop-motion, ni estoy muy metido en el cine que se hace en Australia, pero en esos años locos en los que prácticamente era inevitable permanecer al margen de la piratería en internet, cayó en mis manos esta película y me dejó completamente descolocado. Una historia sobre la soledad, el ser diferente y la amistad a distancia que me pareció distinta, profunda y muy original.


Una serie.

Wonderfalls (2004)

En los orígenes de ese maremagnum de series de televisión que ha venido después apareció sin pena ni gloria esta extraña comedia sobre una chica que trabajaba en una tienda de souvenirs cerca de las cataratas del Niagara y que un buen día empieza a hablar con los objetos que le rodean y que le dan consejos. Es sencilla y no tiene algo especialmente profundo, pero por alguna razón me enamore de ella. Bueno, de su protagonista, en realidad. Y también de la canción principal.


Día 7

sábado, 21 de marzo de 2020

A smile in a whisper.

Ayer, a las tres de la tarde, decidí cerrar la oficina.

Llegaba el fin de semana.

Había que hacer balance.

Sí…

Una anécdota inteligente en un cuento de Cheever. Dos vecinas desconocidas cantando “Resistiré”, completamente fuera de tono (y de ritmo), mientras se abrazaba la una a la otra, moviendo una linterna e incapaces de contener la risa. Un amigo lejano que en mitad de una videoconferencia intrascendente se levanta para coger algo y descubre que sólo lleva puestos unos calzoncillos. Las fotografías que aparecen el principio de la película “vacaciones”. La risa sincera de una niña que está abrazada a mí mientras ve las fotografías que aparecen el principio de la película "vacaciones". Descubrir el disco recopilatorio de un tipo que no conocía (Ian Prowse). El vídeo de una comunidad de vecinos valenciana haciendo una mascletá con globos. El primer capítulo de la tercera temporada de Westworld. El hecho de que mi jefe descubra hoy, en el año 2020, el mundo digital. Escuchar el Monk’s Dream por los auriculares pasada la medianoche y cuando todos los demás están ya dormidos. Los vídeos caseros sobre un Apocalipsis zombie que un buen amigo nos envía todos los días. Abrir la nevera y comprobar que todavía está esa Ichnusa de medio litro que sin querer nos trajimos en la maleta desde Cerdeña. Leer lo último de Nickolas Butler. Esos momentos en los que la comunicación no va bien y acabamos hablando todos a la vez, o contestando a cosas que nadie ha preguntado, o sobreponiendo conversaciones que ya en origen eran absurdas y que indefectiblemente acaba en risas. Aplaudir todos los días a las ocho de la tarde. Saber que alguien, alguna vez, lee esto que escribo. Comer y cenar todos juntos, todos los días. Una canción que acabo de escribir en Si bemol y con ritmo de seis por ocho (y que no tiene título). Volver a escuchar el Harvest de Neil Young después de mucho tiempo. Saber que mi madre ya no tiene fiebre. Ver bailar a esa otra niña que vive bajo el mismo techo que yo y a la que le basta hablar con sus amigas para sonreír. Abrir otra botella de vino.

Pero no…

Notar que el tiempo se ralentiza cuando quieres que pase rápido. Saber que mi madre tenía fiebre. Discutir con cualquiera, de cualquier cosa, sin razón aparente. Renunciar a comer pan del día. Encender la radio por las mañanas. Encender la televisión en cualquier momento. Recorrer el TimeLine de twitter a toda velocidad para evitar las peleas sobre política barata. Saber que mi amigo Juan, enfermero en el 12 de Octubre, lo estará pasando mal. Comprobar que las casas de apuestas siguen funcionando. Tener que soportar la vibración de las paredes porque el vecino de arriba ha vuelto a poner una música (de mierda) a todo volumen. El desprecio, físico y digital, de todos esos que ya meaban colonia antes de todo esto y que la siguen meando después. Las agencias de rating. Saber que alguien ha decidido que ese portero de nuestra comunidad que hace pocas semanas tuvo un infarto tenga que seguir viniendo a trabajar. Pensar en la cantidad de gente que, como mi hermano, han sufrido un despido temporal. Pensar en la cantidad de gente que, como mi primo Ruben o varios amigos, han tenido que cerrar su negocio y que pasan las noches tratando de perfilar una incertidumbre que no se va a ir en breve. Que la bolsa siga abierta. Las noticias que llegan desde ese hospital en el que está peleando un amigo de mi padre. El quiebro en su voz cuando él mismo me lo contaba. El dolor de cuello y de espalda que intuyo irá cada vez a a más. Los silencios prolongados. Los vídeos de gente que se piensa más lista que los demás. No poder dormir. La gente (y las empresas) que sacan beneficio de todo esto. El dolor real de tanta gente que no conozco. El olor tan amargo que tiene la resignación. El no saber qué va a pasar.

Pero es fin de semana y a eso me agarro. Y sé que volveremos a reír y a dejar de hacerlo, porque así es también la vida cuando no puedes salir de casa.

A smile in a whisper - The Fairground Attraction (1988)

 

Día 6

viernes, 20 de marzo de 2020

Misunderstood.

Ayer hablé con tres personas afectadas por el Covid-19. Están confinadas en casa (como yo), con miedo por lo que pueda pasar (como yo), somatizando hasta la vibración de su propia respiración (como yo) y con una incómoda sensación de no saber dónde estuvo el principio ni dónde está el final (como yo). Una tiene fiebre y las otras dos (ya) no; es decir, como yo también. Vamos, que yo podría ser uno de ellos. ¿Lo soy? No lo sé. De hecho, a ninguno de los tres le han hecho la (dichosa) prueba del (dichoso) virus, así que no son casos oficiales. Dos de los tres tienen seguro privado, pero los tres están en la misma situación. Curioso. Su diagnóstico ha venido siempre, en los tres casos, por vía telefónica; sin contacto físico, sin transferencia de material genético y sin un simple cruce de miradas. “Mire, me pasa esto”, dijeron cuando después de docenas de intentos consiguieron que alguien se pusiese al otro lado de la línea. “Sí, lo tiene”, fue el ajustado diagnóstico que recibieron por parte de vete a saber quién. Pudo ser un reputado doctor de amplia trayectoria, o un animoso estudiante de medicina de esos que han reclutado a la desesperada, o un enfermero aturdido que pocos meses antes se había quedado sin plaza para entrar en el sistema de salud pública. Es más, podría haber sido el celador del centro, o un taxista que pasaba por allí, o el jefe de informativos de Radio Carcoma o yo mismo, porque a estas alturas todos conocemos los síntomas, el nombre científico y las normas de aislamiento.

Es evidente que no es buen momento para enfermar. No ya de Corona Virus, sino de cualquier otra cosa. Ahora mismo es muy difícil encontrar a alguien al otro lado. Lo suyo sería organizarnos y acudir por turnos, pero es que es ahí precisamente donde está el quid de la cuestión. Estoy realmente convencido de que todos tendremos que enfrentarnos en algún momento a esa especie de tribunal sin cara que nos ha caído en forma de virus y que elige arbitrariamente si pertenecemos al grupo de los que pasan el trance con paciencia y Paracetamol o al de los que necesitan ayuda profesional, pero la clave está en saber si, llegado ese momento, la situación nos dejará enfrentarnos a ella con una red de seguridad o tendremos que hacerlo a pelo.

Si el gobierno/administración (lo que quiera que sea eso) logra construir un mecanismo que nos lleve a que el contagio sea escalonado habremos conseguido un éxito sin precedentes como sociedad; el nuevo mundo que nos encontraremos a partir del siguiente otoño (dudo que sea antes) será robusto y además estará cargado de optimismo. Pero si no es el caso (que ahora mismo es lo que parece) me temo que seguiremos jugando a la Oca, predestinados a caer en la casilla de la calavera una y otra vez.

Las tres personas teóricamente infectadas no aparecen en los registros oficiales que maneja la administración (que son los mismos que manejan los medios de comunicación). Ni esos tres, ni muchos otros. Las matemáticas no engañan, pero los números son muy manipulables. De nada sirve hablar de tasa de mortalidad en términos absolutos cuando el numerador puede ser más o menos fijo (suponiendo que la causa de fallecimiento esté correctamente diagnosticada, que no es algo lineal, ni evidente), pero el denominador está cargado de incertidumbre. Es decir, cuando el denominador podría ser esa cifra, o el doble, o el triple. ¿De qué vale un valor tan poco fiable? De nada. Podría tener cierta utilidad en términos relativos, comparándolo consigo mismo y observando su evolución, pero incluso así el ejercicio estaría trucado cuando la forma de medir de la semana pasada no tienen nada que ver con la de hoy, y vete a saber si tienen que ver con la de mañana.

Empiezo a no fiarme de la información que recibo y eso es peligroso. Encuentro fisuras y derrapes en las cosas que fehacientemente conozco, así que el cuerpo me pide dudar de lo que desconozco por completo. Hay un momento en “La Trinchera Infinita”, película que casualmente vi la semana pasada, que me resulta especialmente incómodo. Ocurre cuando todo el mundo ha pasado ya tanto tiempo en la trama que ha acabado asumiendo su papel. Ya no hay héroes, ni esperanza cercana, ni sueños que parezcan susceptibles de hacerse realidad. Lo único que queda es hartazgo, resignación y ese miedo residual que nunca termina de irse. Es ese momento en el que el protagonista ya no reconoce el mundo exterior porque el mundo exterior no existe para él. Su mundo ya es otro. Está tan perdido en su propia realidad que no se fía ni de las personas que lo han salvado. En incapaz de interpretar el universo que le rodea y el universo que le rodea es incapaz de interpretarlo a él.

Hay que evitar llegar a ese punto. Hay que sortear la desinformación y agarrarse a la lógica. Hay que aprender de lo que funciona y también de lo que no funciona. Hay que sacar la cabeza y ver. Y hay que pensar. Aunque duela.


Misunderstood – Wilco (1996)

 

Día 5

jueves, 19 de marzo de 2020

Atmosphere.

Mi ventana da a un patio interior tan grande que parece que no lo es. Pero lo es. Cuatro muros de ladrillo rodeando un espacio común que, evidentemente, ha tenido días mejores. Hoy es una fotografía estática en la que sólo cambia ese trozo de cielo al que tenemos acceso y que cada día muestra un tono diferente de azul (o de gris). Hasta hace poco más de una semana no solía asomarme allí más que cuando tenía que airear la casa o bajar el toldo. Era un espacio que sabía que existía, y que me gustaba (porque es bonito), pero poco más. Me pasaba lo mismo que me pasa con esa iglesia que todo el mundo dice lo bonita que es y que yo no he visitado todavía porque, total, está ahí al lado; como ese primo que vive a siete paradas de metro y al que solo veo en bodas, bautizos y comuniones; como ese amigo de la universidad con el que tantas veces deambulé por el lado salvaje de la vida y del que hoy sólo conservo su teléfono; como ese piropo elogioso que nunca me sale soltar porque parece de mal gusto eso de elogiar a los amigos. A veces las cosas más difíciles de ver son precisamente aquellas que están más cerca.

Pero no hay mal que por bien no venga y hoy sería capaz de describir con bastante precisión ese espacio común que aparece al otro lado de mi ventana. Las jardineras, las esquinas que acumulan hojas secas, las papeleras, las flores de colores, la madera pulida, los minúsculos arbustos cuya copa redondeada está tan cuidada que parecen el pelo afro de un cantante funk de principios de los años ochenta, el pavimento de colores claros, los desagües, los bancos desgastados por el uso, el agua de azul brillante que fluye emitiendo un permanente susurro... Es bonito, pero carece de vida. Me resulta mucho más interesante observar lo que ocurre un poco más arriba, en esa secuencia continua de ventanas que antes estaban cerradas y ahora no.

Es un fenómeno curioso que puede que simplemente responda a la casualidad y que yo prefiero pensar que no es así. Me parece mucho más sugerente creer que mis vecinos han decidido expandirse por el único flanco de sus vidas por el que físicamente pueden hacerlo; abriendo la ventana y mirando al otro lado. Lo que yo veía hace siete días era una colección de persianas bajadas y de cortinas echadas. No me molestaba en ese momento, porque yo hacía lo mismo, pero pensándolo ahora me resulta una imagen sumamente hostil. Vivíamos de espaldas a un mundo que no reconocíamos. Vivíamos de espaldas a ese lugar común que, precisamente por serlo, no considerábamos nuestro. Ahora creo que es diferente. Ahora las persianas están subidas y las cortinas están abiertas. Lo sé porque las mías también lo están. Me he acostumbrado a trabajar así, sin barreras; aceptando ver y ser visto. Ahora distingo salones que no conocía, televisiones encendidas y apagadas, gente que habla, gente que lee, gente que estudia, gente que ríe y gente que no; veo niños, niñas, hombre, mujeres, cocinas humeantes, gente que barre, gente que fuma y camas sin hacer; veo habitaciones vacías, caras tristes (o alegres) y también gente que, saltándose cualquier recomendación, se abraza.

 Sigue habiendo ventanas cerradas a cal y canto, pero son minoría y curiosamente (o no) coinciden con aquellas que también están cerradas a las ocho de la tarde, durante ese rato que nos hemos reservado para aplaudir a todos los que no pueden quedarse en casa por tener que trabajar para nosotros. Imagino que detrás de esas persianas de color antracita hay personas tan normales como yo, pero que tienen miedo, o que están especialmente aturdidas con la situación, o que siguen confundiéndose de enemigo, o que se aferran a unas ideas políticas (las que sean) que resultan inútiles en un momento tan especial como éste, en el que valen lo mismo que un billete en primera clase hacia Bérgamo. Me da pena por ellos porque creo que se están perdiendo algo único, maravilloso y probablemente irrepetible. Me da pena por ellos porque, igual que yo, necesitan refrescar de vez en cuando ese circuito cerrado en el que vivimos. Porque todo circuito cerrado, sea el nuestro o el de una planta de regeneración de aminas, necesita ser purgado de vez en cuando.

La teoría física dice que un ciclo de calor y frío (por ejemplo) puede funcionar teóricamente hasta el infinito; el agua recoge el calor de la caldera y lo arroja en el resto de la casa para volver al punto de partida. La realidad dice que no es así y que es necesario purificar el agua usada cada cierto tiempo; reemplazar una pequeña parte del agua antigua con otra que sea nueva. Y a nosotros nos pasa lo mismo. Especialmente ahora, que también formamos un circuito cerrado. Necesitamos aire fresco de forma periódica. Necesitamos una atmósfera que sea capaz de renovarse por algún sitio. Y sí, podríamos conseguirlo a través de ese teléfono celular que dice ser capaz de llevarnos a todas partes, pero lo que yo encuentro últimamente ahí dentro se parece mucho a lo que ya tenía dentro de mi cabeza. Por eso subo la persiana y me voy a la ventana. Para ver televisiones encendidas y apagadas, gente que habla, gente que lee, gente que estudia, gente que ríe y gente que no; veo niños, niñas, hombre, mujeres, cocinas humeantes, gente que barre, gente que fuma y camas sin hacer; veo habitaciones vacías, caras tristes (o alegres) y también gente que, saltándose cualquier recomendación, se abraza.


Atmosphere – Velvet Crush (1994) 
 

Día 4

miércoles, 18 de marzo de 2020

Tomorrow never knows.

Ayer hice una especie de experimento absurdo. Aunque tengo la sensación de que todas las conversaciones en las que ando involucrado estos días, bien sean orgánicas o digitales, giran siempre en torno a lo mismo, creo que rara vez nos referimos específicamente a ello. Los humanos, por alguna razón, tendemos a dar vueltas retóricas sobre algo desagradable y evitamos pronunciar esa palabra concreta cuya definición encaja perfectamente con el concepto que queremos transmitir. Es como si fuese tabú o estuviese maldita. Nos pasa con enfermedades, con estados del ánimo, con catástrofes, con situaciones sentimentales y prácticamente con cualquier cosa que resulte incómoda. Mi experimento consistía en intentar detectar qué palabra era la más repetida en todas esas conversaciones que tuve ayer y esa palabra.para mi sorpresa, fue “mañana”.

Dice Joan Manuel Serrat que “mañana” no es más que un adverbio de tiempo. Y tiene razón. O así debería ser. ¿Pero lo es? No lo tengo tan claro. Me temo que nuestra realidad cercana lleva tiempo planteándolo de un modo diferente. De hecho, ni siquiera hablábamos todos de lo mismo. Para unos “mañana” es la forma de olvidarse del hoy. Para otros es la forma de llevarse el debate un sitio imaginario en el que, precisamente por ocurrir mañana, las reglas son distintas. Hay quien utiliza la palabra como sinónimo de esperanza y otros la manejan como una forma de viajar hasta ese lugar  socorrido (e inútil) en el que uno se puede pasar la vida teorizando sobre lo que ocurriría si… Hay quien incluso usa la idea como un salvoconducto para construir muros de certeza sobre un suelo pavimentando en incertidumbre. Para unos “mañana” significa un día menos y para otros un día más; algunos lo ven como el final y otros lo ven como el principio.

Hace una semana, el miércoles pasado concretamente, me fui a la cama (muy) feliz. Era mi primer día recluido en casa, pero también fue el día en el que el Atlético de Madrid derrotó al Liverpool en Anfield; un partido que quedará para siempre en mi memoria y que funciona francamente bien como metáfora de estos tiempos tan confusos que nos está tocando vivir. Y no lo digo yo, que es obvio que no puedo (ni quiero) disimular mi filiación; lo dice Alessandro Bonan, periodista italiano de Il Foglio, que utilizó la hazaña colchonera como ejemplo de lo que debería hacer el pueblo italiano para salir de la crisis (se puede leer aquí en italiano). Los colchoneros éramos las personas más dichosas del planeta tierra esa noche, pero no tardaron en aparecer las voces que nos alertaban del error que estábamos comentiendo al ser felices por algo que valía tan poco. Voces que teóricamente hacían lecturas maduras y eminentemente sensatas sobre lo que acababa de ocurrir. Que si sólo era un juego; que si no se había ganado nada (porque eso, en todo caso, ocurriría mañana); que faltaba mucha competición por jugar (es decir, mañana de nuevo); que a lo mejor (mañana) cancelaban la competición y aquello no habría servido...

¿Hacerme feliz es "nada"? ¿Sólo se puede celebrar el final? ¿Sólo se puede celebrar lo que se "gana"? No lo tengo tan claro. Es más, si lo pienso bien, ese mismo planteamiento, llevado hasta sus últimas consecuencias, puede ser una trampa mortal. Con esa lógica nunca existirá algo que sea susceptible de ser celebrado con cierta legitimidad. No, porque cuando mañana se gane algo habrá que empezar a sufrir por ganar lo que todavía no se tiene (y siempre habrá algo que no se tiene). O peor, habrá que sufrir porque otros tienen más que tú y eso significa que lo tuyo no es suficiente. O peor, aun siendo el que más tiene, habrá que sufrir por no tenerlo todo.

Curiosamente (o no), esa es exactamente la forma en la que opera la economía capitalista. Así es cómo piensan sus pastores, sus creyentes y sus cuerdos seguidores. Uno no vale por lo que es sino por lo que los demás (el mercado) dicen que vale. O peor, uno vale lo que las previsiones de los demás dicen que vas a valer. El sistema se mueve entre presentimientos y conjeturas que muchas veces están construidas por el propio sistema. Las certezas son siempre cosas del pasado y por tanto inútiles. El ayer no existe y el hoy es irrelevante. Sólo cuenta ese mañana que todavía no es real (y que seguramente nunca lo será). Y por supuesto, indefectiblemente, siempre hay que crecer porque si no creces, aparentemente, te mueres. Conformarse con lo que se tiene, además de ser algo de cretinos, es un gran enemigo de la rentabilidad. Nada debe ser nunca suficiente. Y por supuesto, fundamental, que cada palo aguante su vela. Más, más, más. Yo, yo, yo.

Desconozco porque hemos construido la economía (y la sociedad) sobre una idea tan tóxica, tan enfermiza y tan poco social, pero me niego a entender mi vida (o mi afición al Atlético de Madrid, que es lo mismo) de esa manera. Me niego a que pensar en el mañana me impida disfrutar de lo que pasa hoy. Me niego a no poder ser feliz renunciando a querer más. Soy capaz de resignarme a que sean los demás (el mercado) los que determinen lo que valgo, pero me niego a permitir que sean esos mismos los que me digan de qué (y de qué no) me puedo alegrar. Y me niego igualmente a tener que vivir acobardado por la amenaza de un mañana que nadie conoce. Cuando Ryan Gosling acudió al casting de “El diario de Noah” lo hizo porque el director buscaba alguien “que no fuese guapo”. Cuando el sorteo de Champions emparejó al Atlético de Madrid con el campeón de Europa el mercado dio por hecho cómo sería el día de mañana y empezó a actuar en consecuencia. Y se equivocó, claro.

Así que no, no voy a preocuparme hoy por ese mañana que vete a saber cómo es. Decía Eduardo Galeano que existe un único lugar donde ayer y hoy se encuentran, se reconocen y se abrazan, y que ese lugar es mañana. Allí estaré si tengo que estar. Pero no antes, ni después.


Tomorrow Never Knows – The Beatles (1966)