Día 20

viernes, 3 de abril de 2020

Do you Remember.

¿Qué va a pasar? Esa es la pregunta que se pasea por las cabezas de todos nosotros y me parece natural que sea así. Lo que no me parece tan natural es pretender contestarla. Mucho menos, si se hace con unas dosis tan elevadas de contundencia como las que estoy viendo. Es más, en ese caso lo que veo es cierta soberbia (y bastante desdén) antes que naturalidad.

Es imposible saber lo que va a pasar dentro de dos meses; lo diga el presidente del Fondo Monetario Internacional, tu cuñao, un tertuliano subvencionado para que parezca enrabietado o el último reguetonero de moda. Es así. Por mucho que duela tener que dormir con la incertidumbre, que duele, tenemos que acostumbrarnos a ella. Si ya nos venían avisando de que los tiempos contemporáneos eran VUCA (volátiles, sin certezas, complejos y ambiguos), lo que viene, por razones obvias, será todavía más de lo mismo. Ya lo es, de hecho. Va a ser muy difícil emitir directrices o construir programas con vocación de durar “para toda la vida” (como las de antes) y tendremos que acostumbrarnos a que sea así. Podemos hacer previsiones, modelos, elucubraciones, proyecciones o lanzar monedas al aire, pero el número de variables es tan alto y las condiciones de contorno son tan difusas, que cualquiera que haya estudiado algo de matemáticas sabe que los resultados valdrán para muy poco. Se acabó la era de los gurús, los futurólogos y los visionarios de cabeza prodigiosa. Por mucho que ni ellos, ni los que aferrándose a lo que antes le funcionaba siguen creyendo en esa magia, se hayan dado cuenta.

Así que pensando en el futuro, lo que a mí me sale es intentar visualizar cómo nos acordaremos del pasado; cómo recordaremos esto que estamos viviendo ahora mismo. Y si me dejo llevar por cómo han sido las cosas hasta ahora (no tengo otras herramientas) lo más lógico es pensar que olvidaremos la mayor parte. Especialmente lo que no nos gusta. Al fin y al cabo eso es lo que hace el ser humano para sobrevivir; eliminar de su memoria aquello que no le hizo bien o que directamente le hizo daño. Eso o matizar el recuerdo para que parezca otro. Conservar las anécdotas positivas o graciosas (los aplausos en el balcón, los retos absurdos, los pelos largos, las tablas de gimnasia, las videollamadas…) y arrinconar las cosas malas (los episodios de ansiedad, el dolor de ese amigo que ha perdido a su padre, las miradas inquisidoras de la gente por la calle, los ejercicios de picaresca, las vulnerabilidades de esta democracia basada en la propaganda, el dolor de espalda, la incapacidad para concentrarse…).

Es de esperar que volvamos a pasear por la calle y a saludarnos; que volvamos a ir al cine y a disfrutar de conciertos multitudinarios; que quedemos para comer en restaurantes o que compartamos una botella de vino; que viajemos en el metro o incluso que volvamos a tener un simple resfriado. Lo que no sé (nadie lo sabe) es cuándo ocurrirá eso y, sobre todo, cómo será; cuánto se parecerá a lo que hemos conocido.

¿Quién se acuerda de cuando había que ir al salón para llamar por teléfono? ¿Quién se acuerda de los viajes de cinco horas en coche por carreteras de un carril y sin música? ¿Quién se acuerda de trabajar en una oficina llena de humo de puro? ¿Quién se acuerda de cómo se corregían las faltas cuando escribíamos a máquina? ¿Quién se acuerda del tamaño de las monedas de diez duros? ¿Quién se acuerda de los discos de vinilo rallados? ¿Quién se acuerda de lo que fastidiaba desperdiciar una foto del carrete? ¿Quién se acuerda del sabor amargo que tienen los sellos cuando los humedeces? ¿Quién se acuerda de la tinta corrida del Rotring o de corregir el borrón con una cuchilla de afeitar?

Respirar, estar atento en todas las direcciones y tener cuidado de no tropezar con lo que uno tiene delante. Me temo que, ahora mismo, no queda otra.

Do you Remember – Jack Johnson (2005)

 

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