Día 17

martes, 31 de marzo de 2020

Charity shop window.

Mi abuela vivía en la calle Tiziano de Madrid cuando aquello era un callejón sin salida flanqueado por casas de corrala. En la esquina de aquella calle con Bravo Murillo había una parroquia (creo que se llamaba de San Antonio) cuya majestuosidad contrastaba con el entorno. Un día, paseando con mi abuela por delante de aquel lugar (no recuerdo por qué), en la escalinata de cemento gris que decoraba la entrada, ocurrió algo que seguramente cambió mi forma de entender la vida.

No sé qué edad tenía, pero era tan pequeño que ni me acuerdo los años que podía tener. Debía ser domingo, o puede que se celebrara alguna boda, porque la gente que estaba en la entrada iba vestida con un concepto de la elegancia que no era el habitual. En la parte más alta de la escalinata, junto a la puerta principal, había una señora sentada en el suelo. Tenía la cara sucia y un pañuelo en la cabeza. El resto de su ropa parecían retales anudados sin criterio estético, con el único objetivo de tapar el cuerpo. Junto a ella había un niño que debía ser de mi edad y que estaba todavía más sucio que su madre (si es que era su madre). Llevaba pantalones cortos y eso dejaba ver una costra negra en sus rodillas. Debajo de su nariz había restos secos de algo de cuyo nombre no quiero acordarme. Tenía una mirada extraña, adulta e intimidante, de esas que parecen haberlo visto todo en la vida. A pocos metros de aquel niño había otros dos chicos que también debían ser de mi edad. Estaban muy bien vestidos y muy bien peinados (mucho mejor que yo) y jugaban a intentar pillarse el uno al otro. Sonreían a carcajadas. Agotados de correr en círculos, uno de ellos paró para tirar de la chaqueta a un señor que debía ser su padre y al que le dijo algo en el oído que yo no puede escuchar. El señor metió su mano en el bolsillo y sin mirarle a la cara o perder la conversación, le dio un puñado de monedas al muchacho. El niño sujetó las monedas en su mano y caminó junto a su amigo hacia la señora que tenía la cara sucia. Sin traspasar la zona de seguridad, a una distancia prudencial, como si aquella señora y aquel chico fuesen peligrosas atracciones de un zoo, empezaron a lanzar las monedas que le habían dado a la falda de la mujer. De una en una. Acertando y fallando. Lo hicieron entre risas que no se si eran de inocencia o de crueldad. Cuando se quedaron sin dinero dieron media vuelta y sin decir palabra siguieron jugando a lo mismo que habían estado jugando antes. La señora tampoco abrió la boca, ni hizo un solo gesto que pudiera ser interpretable. Recogió las monedas lentamente y las metió en un pequeño zurrón que había aparecido de repente. El niño de mocos secos, con aquella mirada caducada, se quedó observando a los otros dos chicos que jugaban.

Aquello me dejó tan impresionado que intenté que algún adulto me lo explicara. Ninguno fue capaz. Me regalaron un montón de metáforas torpes, frases hechas y conceptos que se mezclaban entre ellos de forma difusa, y que no se correspondían con lo que yo había visto. Caridad, limosna, generosidad, humanidad, altruismo, cooperación… No. Lo que yo había visto era un ejemplo especialmente cruel de humillación y de aceptación de una realidad que debería ser inaceptable.

Mi relación con todos esos conceptos ha sido muy complicada desde entonces. Siguen siendo difusos para mí. Nunca sé dónde empiezan y dónde acaban. Reconozco que generalmente no me los creo; que soy irracionalmente intransigente (y seguramente injusto) con aquello que representan. No creo en la limosna, ni en la caridad, ni en muchos de esos eufemismos que utilizamos para quitarle a nuestra conciencia ese olor tan molesto que deja el saber que formamos parte de una situación que es intrínsecamente injusta. Decía Jack London que tirarle el hueso al perro no es caridad. Caridad es compartir el hueso con el perro cuando se está tan hambriento como él.

Estoy volviendo a escarbar sobre todo esto durante estos días tan raros, y si antes no lo tenía muy claro, ahora creo que lo tengo todavía menos. Hoy soy capaz de sentir la fuerza de la gente, su generosidad y sus genuinas ganas de ayudar, pero sigo siendo reacio a creerme los canales que hemos estandarizado para transmitir ese sentimiento. El otro día, gracias una iniciativa del lugar en el que trabajo, hice una donación destinada a la compra de material sanitario. Las donaciones deberían ser anónimas y este detalle no merecería mayor comentario, pero es que quince minutos después de hacerla recibí un correo, de alguien que no conocía, avisándome de que ese acto de “generosidad” era desgravable en mi próxima declaración de la renta. ¿En serio? ¿Qué sentido tiene que sea así?

¿Qué sentido tiene, por ejemplo, que el gobierno recaude dinero a través de los impuestos de los ciudadanos para repartirlo después (desconozco con qué criterio) entre Organizaciones que se autodenominan No Gubernamentales (ONG)? ¿Qué sentido tiene una ONG en la que la N y la G no son del todo ciertas? Conozco gente (a la que quiero) que trabaja en ONGs. No digo que colabore o que ayude, no. Que trabaja. Tiene sueldos, subidas de sueldo, bonus, liquidaciones de viajes, horario de oficina y pasan su jornada laboral en un edificio de oficinas de Madrid parecido al mío. ¿Tiene sentido vivir así de la caridad? No lo tengo muy claro.

Hace años tuve la suerte de asistir a una charla sobre liderazgo que nos dio una persona de Médicos sin Fronteras, de esas que se dejan su vida salvando a otras personas de morir en el mediterráneo. Fue una sesión fantástica y salí de allí admirando mucho a esa mujer que me pareció valiente, generosa y muy carismática. Pero me llamó mucho la atención que hablase todo el tiempo, casi exclusivamente, del vínculo sentimental tan fuerte que había forjado con sus compañeros de la organización (y otras organizaciones) y de lo importante que era lo que ellos estaba haciendo allí. Contó mil y una anécdotas de lo que habían pasado juntos, pero ni una sola vez se refirió a los rescatados más que en términos de cifras o de datos estadísticos.

Independientemente de mis propios prejuicios, soy consciente de que la generosidad es algo fundamental para sentirnos (y sentir a los demás) como humanos. A todos los niveles, además. Recuerdo que viviendo en Holanda me sentía muy mal cada vez que iba a cenar con amigos y cada uno de ellos pagaba exactamente aquello que habían comido. Reconozco que me resulta gratificante escuchar elogios sobre la sanidad pública porque siento que formo parte de ello. Y me resulta mucho más gratificante todavía escuchar a esos médicos cubanos que viajaron a Italia para ayudar a sus colegas en plena crisis. Un periodista les preguntó que por qué hacían eso, sin que hiciese falta completar la frase con un implícito “a cambio de nada”, y ellos contestaron con algo que deberíamos memorizar todas las mañanas: porque la solidaridad no es dar lo que te sobra sino compartir lo que tienes.

Con eso me quedo. Más generosidad y menos limosna. Más solidaridad y menos caridad. Decía Eduardo Galeano que la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo.

Pues eso.

Charity shop window – A Girl Called Eddy (2020)

 

Día 16

lunes, 30 de marzo de 2020

Teach your Children. 

A todos nos cambió la vida cuando hace más de quince días se decretó esto que venimos a llamar confinamiento. Ocurrió tan rápido, de forma tan imprevista, que ni siquiera fuimos muy conscientes de lo que estaba pasando y de lo que significaba. Era difícil visualizar entonces la idea de permanecer dos semanas en casa (y lo que te rondaré morena) sin poder salir a la calle, con todas las tiendas cerradas, el mundo parado y las calles vacías. Era complicado ponerse a pensar con algo de nitidez sobre los cumpleaños que nos pillaría en medio, la gente que fallecería sin tan siquiera poder tener cerca a los suyos, los Eurobonos, las vacaciones de Semana Santa, los respiradores hechos con impresoras 3D, o sobre la vulnerabilidad de una economía basada en algo tan vulnerable como el turismo.Nada más lejos de la realidad. Durante aquellas frenéticas veinticuatro o cuarenta y ocho horas (porque no fue mucho más que eso), y aunque ahora nos parezca un chiste, hubo tres fenómenos (¿amenazas?) que básicamente acapararon la charla intrascendente y los foros de Whatsapp (y perdón por la redundancia): el papel higiénico, las actividades de ocio y la obligación de tener a los niños en casa.

La primera de las tres se me escapa. Lo reconozco. Llevo toda la vida estudiando, pero soy incapaz de entender ese fenómeno que llevó a la sociedad española a esquilmar el suministro de papel del váter como si fuésemos una manada de simios desatados. No el agua, o la harina, o alimentos de primera necesidad. No. Un papel de uso muy concreto (permítanme ahorrarme los detalles) que sólo resulta relevante en una parte del mundo, porque en la otra, doy fe, lo tienen solucionado con otros métodos. Creo que si yo fuese un escritor de talento intentaría escribir una novela en torno a este tema porque me resulta fascinante. Del segundo punto, la oferta de opciones de ocio por encima de nuestras posibilidades, seguramente es mejor hablar otro día (o no, ya veremos). Me interesa mucho más centrarme en el tercero.

Si durante esos días uno atendía a los comentarios que salpicaban los medios de comunicación (y uno se los tomaba en serio), la perspectiva de encerrarse en casa con niños (incluso con los propios) se asemejaba más a una tortura de la peor división del ejército nazi que a otra cosa. Para combatir la llegada de esa supuesta versión del apocalipsis, los medios especializados llenaron su parrilla de sugerencias absurdas, típicas de suplemento de periódico engreído, que o bien trataban a los niños como alevines de superhéroes que tienen que pasar cada segundo de sus vidas desarrollando un talento sobrenatural y pensando en el ingreso en Harvard, o diréctamente como imbéciles. La gente adicta a las píldoras mágicas, los papás que se comen esa bazofia (y otras mierdas milagrosas como la música clásica que desarrolla el intelecto, los juegos educativos o la leche de almendra), amanecía horrorizada ante la perspectiva de pasar las veinticuatro horas del día con sus propios hijos sin tener herramientas mágicas o un libro de autoayuda, escrito por el enésimo imitador de Paolo Coelho, que les dijese cómo tenían que hacerlo.

Pues bien, los niños nos han dado una lección. Admito que la perspectiva que puedo tener desde esta ventana es lógicamente muy sesgada, pero esa es la sensación que tengo y esa es la que quiero transmitir. Los niños se han adaptado mucho mejor que nosotros a algo que entienden todavía menos. Es más, es muy probable que ellos nos estén sirviendo más de ayuda a nosotros que nosotros a ellos. Sus cambios de humor son bastante menos frecuentes y bastante menos hostiles. Son capaces de seguir riéndose de las mismas cosas que se reían antes e incluso de otras nuevas; lo cual, pensándolo bien, resulta ser una gran lección de madurez. Han aprendido a manejar todas las aplicaciones digitales de comunicación en apenas quince segundos y sin dificultad alguna. ¿Por qué? Pues porque tenían (meridianamente) claro que su objetivo no era aprender complicadísimas aplicaciones digitales de comunicación porque un señor muy listo dicen en #0 (de Movistar) que eso es lo que hay que hacer, sino que querían hablar con sus amigos y esa era la única forma de hacerlo. Han inventado historias y seriales que ocupan su tiempo sin detenerse en estupideces como tener que plantearse el sentido de hacerlo o para qué sirve. Han aprendido a jugar a distancia. Han aprendido a encontrar su hueco en espacios donde no hay huecos. Aplauden a las ocho de la tarde con más fuerza y más ilusión que nadie. En dos días han pasado de copiar a mano los infumables ejercicios de lengua que aparecen en un infumable libro de lengua a tener que buscarlos en el aula virtual de un servidor colapsado. Y lo hacen; con paciencia y sin tener que escribir un blog para explicarlo y sentirse realizados. Todo lo ejecutan con naturalidad; sin dramas falsificados, ni alegría hipócrita y sin buscar recompensa. No tienen vergüenza o reparo en colgar sus dibujos en la ventana de su habitación para que los demás los podamos ver. Han necesitado veinte segundos para aprender a jugar al Risk o al Catan o al Carcassonne o a cualquiera de esos juegos que les decíamos que eran de mayores. No sólo eso, encima nos ganan. Han aprendido que su cama puede ser una cabaña fantástica y su habitación un universo inexplorado. Ayer, por ejemplo, yo descubrí que todos los muñecos de la habitación de Emma, además de nombre, tienen una fecha de cumpleaños. Los supe porque en la pared apareció una hoja con un listado de todas las efemérides de los habitantes de aquel universo. Ayer, de hecho, era el cumpleaños de Pami, un muñeco que adoptamos en Dublín, y al que le hicimos una fiesta por la tarde. El regalo principal fue un traje de fieltro que habían estado haciendo por la mañana (adjunto evidencia).



Si tengo que quedarme con algo de todos estos días es precisamente con eso. Con la lección que nos están dado. Con lo poderoso que es ese juguete llamado imaginación que llevaba tanto tiempo acumulando polvo y que se nos había olvidado que existía.


Teach your Children – Crosby, Stills, Nash & Young (1970)

 

Día 15

domingo, 29 de marzo de 2020

Sunday.

Hoy es domingo. Y hace un sol espléndido. Y estoy seguro de que ahí fuera hace también un día maravilloso, de esos que solamente puede ofrecer una ciudad como esta en la que la primavera no existe y el verano suele tomar el testigo directamente del propio invierno. Uno de tantos días que fueron ayer y que hoy, siendo el mismo, es diferente.

Podría pensarse que es difícil saber qué estaría haciendo en circunstancias normales, pero en realidad no lo es tanto. Si me sujeto la nostalgia y contengo las hipérboles es probable que ahora mismo, por ejemplo, estuviese viajando en metro camino de alguna librería del centro. Y es curioso porque lo que mi conciencia echa de menos no es comprar un libro, que tengo todavía varios sin leer en casa, sino el camino hasta ese momento. El rato de soledad rodeado de gente que no conozco. Escuchar el peso de la civilización en sitios como Callao o Sol. El olor del papel sin tocar. Buscar entre las novedades y sorprenderme con lo que se me había pasado. El color de Madrid a la hora del aperitivo. Pasear por esas calles estrechas, retorcidas y contrarias a cualquier lógica urbanística, de las que ya estaba enamorado antes de tener que echarlas de menos.

Es probable también que hubiésemos quedado a comer con alguien, querido o no, porque aunque no fuese un cita que me hiciese especial ilusión es algo que echo de menos igualmente. Echo de menos tener que vestirme medianamente decente, descubrir un sitio nuevo, acabar en una sobremesa etílica que me hiciese añorar una siesta que nunca me tomo, o simplemente compartir una botella de vino con otra gente. Seguramente me tocaría recorrer un tramo de Recoletos a pie, viendo las filas de turistas que se agolpan a las puertas del Prado o del Thyssen. O puede que hubiésemos apostado por lo exótico y hubiese que subir por esa cuesta infernal que une Lavapies con Anton Martin. O atravesar el pasadizo de San Ginés para llegar a ese restaurante que nos gusta tanto. O mucho mejor, ir a comer el cocido de mi madre (¡a mi casa!) y darme una vuelta por el Puente de Vallecas antes de encontrarme en la puerta con mis antiguos vecinos.

Es probable que comiésemos en casa y no tuviese mucho que hacer y que de camino a comprar el pan me desviase para ver si han puesto algo nuevo en el Matadero, o para tomarme un vermut de grifo con algún padre de los que he conocido a través del colegio de las niñas, que me cae genial, y que tendría tan pocas ganas de volver a casa como yo.

Es probable que hubiésemos ido (otra vez) al Museo Arqueológico para ver (otra vez) la sección dedicada a los antiguos egipcios, o a la casa de Sorolla para ver ese cuadro que le gustó tanto a Maite, o a ese pequeño museo de dibujo que hay por Conde Duque y que nunca me acuerdo de cómo se llama, o a esa tienda de productos italianos que hay en Ríos Rosas, o una sesión temprana de Cine, o a ese teatro desvencijado, cerca del Puente de los Franceses, al que hace tanto que no vamos.

Y es probable que hoy jugase el Atleti en casa y estuviese preparándome para ir. Echo mucho de menos ese momento. El viaje hasta allí, momento en el que mi amigo Teno y yo aprovechamos para arreglar el mundo. Buscar a mi hermano y a Richy en el parking del estadio para tomarnos unas cervezas con ellos y echarnos unas risas. El paseo hasta la puerta sorteando gente sonriente y humanos adultos que gritan o cantan vestidos de rojiblanco. Retrasar el acceso a la grada porque me he encontrado en la entrada con algún conocido que profesa la misma religión. Encontrarme arriba con Iñako, y con Manuel, y con Sandra, y con ese señor que se sienta a mi lado, con el que me abrazo cuando metemos gol, con el que comento los cambios tácticos y que no sé cómo se llama. Echo de menos los nervios, y la emoción, y las risas, y hablar de series de televisión durante el descanso. Y es curioso porque ahora mismo me da igual el rival, o el juego o la alineación. Es más, lo de ganar o perder me parece un detalle completamente irrelevante.

Sí. Definitivamente, echo mucho de menos los tiempos en los que nos quejábamos de estupideces.

 Sunday - Frank Sinatra (1954)

 

Día 14

sábado, 28 de marzo de 2020

So Tired.





"El cansancio ronca sobre los guijarros; en tanto que la pereza halla dura la almohada de pluma"

William Shakespeare.




So Tired - Art blakey & the Jazz messengers (1960)

 

Día 13

viernes, 27 de marzo de 2020

Funny face.

 Hace unos años tuve la suerte de pasar quince días en Japón; un país fascinante y contradictorio, del que desconocía sus peculiaridades y que en muchos aspectos resultó ser como un planeta de otro universo. Para lo bueno y para lo malo, porque todas las culturas tienen sus manchas y porque cada vez tengo más claro que no existe la perfección, los colores puros o la verdad absoluta.

La primera vez que entré en el suburbano de Tokio (que es un multiuniverso ya en sí mismo), y una vez que asimilé aquel hervidero impresionante de gente, la mezcla de sonidos, o el caos ordenado que reinaba en un lugar en el que dicen que puede concentrarse hasta un millón de personas, hubo algo que me llamó la atención casi por encima de todo lo demás. En el vagón en el que yo viajaba, que estaba bastante bien nutrido de pasajeros como suele ser normal, había cuatro o cinco personas con una máscara blanca tapándoles la cara.

Aquellas máscaras eran las mismas que hoy constituyen una foto icónica de los tiempos que estamos viviendo. Hoy la llevan los médicos y los trabajadores de la sanidad, lógicamente, pero también la llevan los agentes de orden público, las personas que me encuentro en la fila del Ahorra Más, ese vecino superlisto que pone la música a todo volumen y que baja a su perrita unas seiscientas treinta veces al día, los periodistas vendedores de rabiosa actualidad (ya saben, esos que nos informan con oportuna dosis de histrionismo de algo que ya sabemos) y la llevan también los simpatiquísimos famosos (y famosas) televisivos que a través de una videoconferencia de Zoom o de Hangouts, y para que nos quedemos tranquilos, nos enseñan lo simpatiquísimos que siguen siendo incluso en una situación tan súper-o-sea-qué-mal.

No sé de dónde han salido todas esas máscaras, porque yo no tengo, ni sé cómo se pueden conseguir, pero ahí están. Son casi como un símbolo de estatus. La prueba de que se controla la situación. La sinécdoque que lo explica todo. ¿Nos hemos vuelto japoneses? Me temo que no. Es más, me atrevería a decir que estamos aprovechando ese mismo símbolo en sentido contrario.

Cuando hace años me encontré en el metro de Tokio con aquellos tres o cuatro ciudadanos que llevaban una mácara tapándoles la cara, lo primero que hice fue preguntarme por qué lo hacían. Inmediatamente después, sin esperar a una respuesta lógica, sentí la amenaza de lo desconocido y el miedo que esto suele llevar aparejado. Y me puse alerta, claro. Mi deducción natural fue pensar que si esa gente llevaba aquello tan aparatoso en la cara era porque resultaba estrictamente necesario para ellos. Es decir, que estaban protegiéndose de algo de lo que yo no me estaba protegiendo. ¿Había alguna sustancia tóxica en el ambiente de la capital japonesa y no me habían avisado? ¿Corría peligro por algo que yo desconocía y ellos no? Mis prejuicios me hacían pensar que me encontraba en una situación de inferioridad (y que por tanto era vulnerable). Eso me hizo sentir incómodo. Pero miraba al resto de pasajeros y no les veía preocupados. Al contrario; leían o dormían (o algo parecido), sin que pareciese preocupados por una amenaza latente e invisible.

Tardé poco tiempo en descubrir la realidad. Aquellas personas no llevaban la máscara para protegerse de una amenaza desconocida. Su acto no respondía a esa concepción egoísta de la vida que desgraciadamente es la que tenemos interiorizada. Aquellas personas, que probablemente estaban enfermas de gripe o creían estarlo, llevaban puesta la máscara en un acto de generosidad hacia los demás; hacia esa sociedad a la que ellos mismos pertenecían y que sabían que actuaría igual si la situación fuese a la inversa.

Vi personas con mascarilla cada vez que monté en el metro, o en el autobús, y cada vez que paseé por un lugar público, más o menos concurrido. Cada vez que veía a uno de ellos (hombres, mujeres y niños), y una vez descubierto el truco, pensaba que individualmente no "ganaban" nada por hacerlo. Su salud seguiría siendo exactamente la misma, con o sin mascarillas. De hecho si que estaban “perdiendo" algo, ya que llevarla es incómodo, da calor, se respira mal y aprieta la piel. Es más, seguramente habían tenido incluso que comprarla con su propio dinero. ¿Cómo se entiende desde aquí eso de gastar dinero y sacrificarse uno mismo de forma "gratuita", simplemente por ayudar a los demás?

No pretendo glosar las maravillas de Japón, porque la cultura nipona tiene también muchas otras cosas que son horribles (o muy horribles). Detesto además todas esas peleas barriobajeras del tipo “y tú más” que genera esa enfermedad llamada nacionalismo. Lo único que creo es que, especialmente ahora, deberíamos reflexionar sobre las cosas buenas que tienen los demás y que nosotros (ya) no tenemos. Influidos seguramente por esa corriente ultra individualista que impera en las culturas del norte de Europa, de origen calvinista o luterano o protestante en general y que son las que llevan los mandos del actual sistema capitalista, la sociedad española, que tradicionalmente ha sido más de ayudar que de no hacerlo, tiende rápidamente a esa forma totalitaria y sumamente egoísta de ver el mundo; una en la que todo empieza y acaba en uno mismo.

Ojalá todo esto sirva para que algún día mi vecino, el de la música, el que cuando me crucé ayer con él para echar la basura me condenó con la mirada por no llevar una máscara parecida a las que usaban en el ejército alemán durante la primera guerra mundial (que es la que llevaba él), le entren ganas de colocarse esa máscara para protegerme a mí.

Funny Face – The Kinks (1967)

 

Día 12

jueves, 26 de marzo de 2020

Anxious.

El otro día terminé de leer el último libro de Nickolas Butler (“Algo en lo que creer”) y me dejó completamente frío. Fue muy decepcionante, porque los dos libros anteriores (“Canciones de amor a quemarropa” y “El corazón de los hombres”) me habían encantado. HBO comenzó a emitir la semana pasada la última serie de David Simon, el cerebro que respira detrás de maravillas de la televisión contemporánea como The Wire, Treme, Show me a Hero o The Deuce y del que me declaro un rendido fan. Tenía muchas ganas de que llegara ese día porque su nuevo trabajo es además la adaptación de una novela (“La conjura contra América”) de un escritor por el que también tengo gran admiración (Philip Roth). La serie lleva ya dos capítulos y me he dormido en los dos. No descarto que la cosa cambie en breve (las series de David Simon tardan en coger el vuelo), pero nuevamente ha resultado muy decepcionante. Un amigo de criterio contrastado (y fiable) me recomendó ver la última película de Jonás Trueba (“La virgen de Agosto”). La terminé ayer, a duras penas, sin ser capaz de apartar la vista del teléfono movil, sin que me tocase por dentro en un solo momento y con una extraña sensación de que en realidad no la había visto. Hace quince días que no descubro un disco que me enganche (raro), que es el mismo tiempo que llevo sin escribir un párrafo de ficción.

¿Qué me pasa?

Es obvio. El mundo se ha parado sin pararse y eso, entre otras cosas, genera ansiedad. Es una situación tan extraña e inquietante que provoca escenarios improvisados y reacciones que son desconocidas para todos (o que al menos lo son para mí). Por mucho cerebro que le ponga, por mucha teoría que interiorice, por mucho karma que intente rebañar y por mucho optimismo que pretenda sintetizar a base de trucos de alquimia, la realidad es que al final del día me siento como esos muñecos de dibujos animados que mueven las piernas a toda velocidad y que son incapaces de avanzar un solo milímetro.

Norman Mailer dijo una vez que el papel natural del hombre del siglo XX es la ansiedad, pero creo que se refería a una variedad distinta; a esa que nos ocupaba hace quince días; esa que era posmoderna, y vanguardista y que tenía un punto de insolencia; esa que nos ayudaba a hacer competiciones de natación en un vaso de agua; esa en la que nos apoyábamos para elaborar sesudos dramas de época en torno a una mancha en la camisa; esa que utilizábamos para construir montaña de pensamiento elaborado y melancólico sobre cualquier estupidez. Era una enfermedad tan teórica, tan inocente, tan de ricos, que hoy, mirando a través de esta ventana, me resulta entrañable rememorarla.

Cómo sería la cosa que ni nos dábamos cuenta de lo importante cuando pasaba delante de nuestras narices. Hoy leo que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha decidido cambiar la expresión que utiliza para referirse al confinamiento forzoso que se está implantando la mayoría de países. ¿Una tontería? Bueno, no lo creo. A nadie le llamó la atención que hace quince días se empezase a usar la expresión “distanciamiento social” para referirse a dicho fenómeno. Hoy, que la expresión ha sido sustituida por “distanciamiento físico”, entendemos perfectamente que aquello fue un error de bulto. Los humanos podemos separarnos físicamente, pero hacerlo como sociedad sería terrible. Ahora entendemos mejor que socializar no es comprar en un centro comercial algo que realmente no necesitamos. Socializar es quererse.

Lo paradójico del asunto es que yo mismo estoy volviendo a caer en la misma misma trampa (y seguramente volveré a caer mañana, en cuanto volvamos a esa normalidad que todavía no conocemos). Mientras me quejo amargamente porque la ansiedad no me deja emocionarme como antes, y lo hago desde una habitación luminosa en un cuarto con ascensor, con calefacción, con luz, con agua, con internet, con un café humeante delante de mí y con Bill Evans sonando de fondo, estoy leyendo que las favelas de Brasil temen lo que se les puede venir encima cuando les llegué el dichoso virus.

Volviendo al principio, el cierre temporal de las bibliotecas municipales me ha dejado con dos libros aparcados en mi mesilla de noche. El primero tuve que dejarlo antes de las cien páginas (“Los infinitos” de John Banville). Seguramente no era el momento. Del segundo, que habla de la vida y obra de Antonio Machado, me voy a quedar con una reflexión del propio poeta. “Sin el tiempo, esa invención de Satanás, el mundo perdería la angustia de la espera y el consuelo de la esperanza”.

Así que, como no podemos prescindir del tiempo, eso es lo que nos toca hoy: la angustia de la espera y el consuelo de la esperanza.

Anxious – The Housemartins (1986)

 

Día 11

miércoles, 25 de marzo de 2020

Surf's Up

Acabo de leer que un tercio de la población mundial (¡mundial!) está ahora mismo encerrada en sus casas. Eso es mucha gente. Eso es mucha gente viviendo en un universo en el que no se puede hacer deporte, socializar, pasear por la calle, o cualquier otra actividad que necesite traspasar el umbral de la puerta. Eso es mucha gente que no sólo necesita entretenerse y pasar el tiempo, sino que también necesita trabajar, formarse, informarse o simplemente comunicarse con los demás. En pleno siglo XXI, todo esto nos lleva indefectiblemente a la red de redes.

Por muy buen momento que sea para desempolvar la caja de Juegos Reunidos Geiper o esa colección de los Episodios Nacionales que tenemos en una esquina de casa y a la que nunca vemos el momento de hincarle el diente (que lo es, y lo digo sin ápice de ironía) es inevitable vivir en la realidad. Y más todavía en unas circunstancias tan excepcionales que puede que no lo sean tanto en el futuro, cuando todo esté, todo el rato, conectado a la misma red. La duda que me surge ahora mismo es si estamos preparados para ello.

Hace un par de días escuché que habían solicitado a Netflix, Amazon y demás proveedores de servicios de streaming que bajasen la calidad de sus transmisiones porque la red había pasado el punto de saturación controlada. Entiendo que el foco informativo esté ahora mismo en otro sitio y es normal que una noticia así haya pasado prácticamente desapercibida a todos los niveles, pero me parece interesante reflexionar sobre el hecho de que la red, a nivel mundial, pueda estar cerca de colapsar en un escenario como este, que no deja de ser una especie de simulación de ese lugar al que queremos ir.

Pero más que un tema de infraestructuras (porque es probable que lo anterior se reduzca básicamente a eso) me resulta más inquietante reflexionar sobre si estamos preparados como sociedad desde un punto de vista cultural, ético o anímico. Si las administraciones asumen un fenómeno así como un reto social o como una simple vía de negocio (otra) que se puede dejar en manos de los sospechosos habituales. Y no me refiero a nivel mundial, que para mí es un concepto lejano, abstracto y engañoso, sino a nivel local. Me da igual si están preparados en Silicon Valley, en Cambridge, en Reikiavik o en Tokyo. Quiero saber si lo estamos aquí, en Madrid, en Miranda de Ebro y en Bollullos de la Mitación; en el suroeste de Europa; en esta sociedad cercana que es en la que vivo y a la que pertenezco.

Llevo varios años observando que en todas las presentaciones grandilocuentes que las grandes empresas españolas hacen de cara al exterior (es decir, para sus accionistas) aparece siempre un epígrafe dedicado a la digitalización. Como tantas otras cosas, mi sensación es que eso responde más a una necesidad de aparentar estar al día que a una situación real. Son epígrafes que más allá de un diseño sumamente atractivo, y de un uso realmente prodigioso de las palabras, lo que llevan detrás es poco (o nada). Sé que la gente que se dedica a estas cosas me lo cuestionará, pero la realidad es la que es. Seguimos teniendo que pagar con dinero físico en los parkings y en muchos establecimientos (los taxis, por ejemplo, sólo se lo tomaron en serio cuando tuvieron su particular apocalipsis); seguimos teniendo que acudir a la administración para renovar cualquier estupidez; seguimos teniendo que rellenar a mano la matrícula del instituto o del dentista, y repetir, una y otra vez, los mismos datos de siempre en los mismos sitios de siempre; seguimos teniendo que acudir físicamente, todos los días, a una zona concreta en la que nuestro jefe pueda vernos (especialmente si queremos conservar la reputación de trabajadores responsables); tenemos que llevar el DNI (y otros mil doscientos carnés) en la cartera; seguimos viendo los juzgados repletos de montañas de papeles; tenemos que hacer una cola kilométrica para apuntarnos a un curso del polideportivo municipal (o bueno, tenemos que seguir haciendo colas para todo); y así podría seguir hasta la extenuación. ¿Está la administración española preparada para manejar de forma inteligente (y digital) todos los datos médicos de una supuesta prueba masiva del Covid-19?

Gracias a esto del confinamiento mi jefe ha descubierto el teletrabajo (algo que muchos directivos entienden como menor, o negativo, o reservado para gente sin responsabilidad). De esa manera ha descubierto también las aplicaciones para comunicación telemática que teníamos instaladas desde hacía años. Es un alto directivo de una compañía importante, pero en esto no destaca respecto a sus compañeros del Top 50. En una sociedad jerarquizada y presencialista como la nuestra, eso significa que poca gente de sus numerosos subalternos (“equipos” queda más fino) va a utilizar unas herramientas que ellos mismos no utilizan. Ahora no le ha quedado más remedio que usarlas, pero las comunicaciones no fueron muy bien en la primera reunión que tuvimos. Se puso nervioso y echo la culpa a "esas moderneces que no valen para nada”, pero después de invocar a todas las criaturas del averno, y de hacerlo en términos muy poco edificantes, descubrió que el problema lo tenía solamente él; era el único que no escuchaba y el único al que no se le escuchaba. Como nunca lo había usado antes, descubrió en ese momento que su conexión a Internet, que tenía contratada la más barata y cutre del mercado, no funcionaba bien en una casa con tres niños y una señora que la estaban usando a la vez.

Más allá del peculiar concepto de austeridad de mi jefe, esa es ahora mismo la realidad de un montón de hogares españoles. Esa y otras parecidas. Conozco casas que sólo tienen un ordenador (y no precisamente actualizado) que están teniendo muchos problemas para compatibilizar el trabajo de los padres y de los hijos. De un día para otro hemos pasado a una situación en la que un estudiante necesita obligatoriamente un ordenador y una conexión decente de red cuando es algo que hace quince días ni siquiera se planteaba. De hecho, lo que era obligatorio hace quince días era que los alumnos se comprasen todos los años (repito, todos los años) unos libros de texto totalmente físicos que además de absurdos (y muy malos) son ridículamente caros. ¿Digitalización? Ya. ¿De qué vale una pizarra digital si se usa exactamente igual que una de tiza? ¿De qué sirve estudiar con Ipad si lo que estás estudiando es lo mismo (y contado de la misma forma) que estudiaba mi abuelo? En esto de la educación deberíamos empezar olvidarnos del continente (u otras estupideces accesorias que sólo ayudan a alimentar el debate político) y concentrarnos un poco más en el contenido.

Pero es que contratar un buen servicio de acceso a la red seguía siendo un artículo de lujo hace quince días (y hoy, desgraciadamente, lo sigue siendo); uno que además suele llevar aparejado el impuesto revolucionario de un paquete de televisión (u otras mierdas varias) que normalmente no hacen falta. De hecho, somos uno de los países europeos con las tarifas más altas (y más peregrinas) para servicios de telecomunicaciones. No lo digo yo, lo dice la propia Unión Europea. ¿Por qué?

¿Estamos preparados? No. ¿Tiene sentido culpar a la sociedad española de su retraso digital con este panorama? Tampoco



Surf's Up - Brian Wilson/The Beach Boys (1967)