Día 13

viernes, 27 de marzo de 2020

Funny face.

 Hace unos años tuve la suerte de pasar quince días en Japón; un país fascinante y contradictorio, del que desconocía sus peculiaridades y que en muchos aspectos resultó ser como un planeta de otro universo. Para lo bueno y para lo malo, porque todas las culturas tienen sus manchas y porque cada vez tengo más claro que no existe la perfección, los colores puros o la verdad absoluta.

La primera vez que entré en el suburbano de Tokio (que es un multiuniverso ya en sí mismo), y una vez que asimilé aquel hervidero impresionante de gente, la mezcla de sonidos, o el caos ordenado que reinaba en un lugar en el que dicen que puede concentrarse hasta un millón de personas, hubo algo que me llamó la atención casi por encima de todo lo demás. En el vagón en el que yo viajaba, que estaba bastante bien nutrido de pasajeros como suele ser normal, había cuatro o cinco personas con una máscara blanca tapándoles la cara.

Aquellas máscaras eran las mismas que hoy constituyen una foto icónica de los tiempos que estamos viviendo. Hoy la llevan los médicos y los trabajadores de la sanidad, lógicamente, pero también la llevan los agentes de orden público, las personas que me encuentro en la fila del Ahorra Más, ese vecino superlisto que pone la música a todo volumen y que baja a su perrita unas seiscientas treinta veces al día, los periodistas vendedores de rabiosa actualidad (ya saben, esos que nos informan con oportuna dosis de histrionismo de algo que ya sabemos) y la llevan también los simpatiquísimos famosos (y famosas) televisivos que a través de una videoconferencia de Zoom o de Hangouts, y para que nos quedemos tranquilos, nos enseñan lo simpatiquísimos que siguen siendo incluso en una situación tan súper-o-sea-qué-mal.

No sé de dónde han salido todas esas máscaras, porque yo no tengo, ni sé cómo se pueden conseguir, pero ahí están. Son casi como un símbolo de estatus. La prueba de que se controla la situación. La sinécdoque que lo explica todo. ¿Nos hemos vuelto japoneses? Me temo que no. Es más, me atrevería a decir que estamos aprovechando ese mismo símbolo en sentido contrario.

Cuando hace años me encontré en el metro de Tokio con aquellos tres o cuatro ciudadanos que llevaban una mácara tapándoles la cara, lo primero que hice fue preguntarme por qué lo hacían. Inmediatamente después, sin esperar a una respuesta lógica, sentí la amenaza de lo desconocido y el miedo que esto suele llevar aparejado. Y me puse alerta, claro. Mi deducción natural fue pensar que si esa gente llevaba aquello tan aparatoso en la cara era porque resultaba estrictamente necesario para ellos. Es decir, que estaban protegiéndose de algo de lo que yo no me estaba protegiendo. ¿Había alguna sustancia tóxica en el ambiente de la capital japonesa y no me habían avisado? ¿Corría peligro por algo que yo desconocía y ellos no? Mis prejuicios me hacían pensar que me encontraba en una situación de inferioridad (y que por tanto era vulnerable). Eso me hizo sentir incómodo. Pero miraba al resto de pasajeros y no les veía preocupados. Al contrario; leían o dormían (o algo parecido), sin que pareciese preocupados por una amenaza latente e invisible.

Tardé poco tiempo en descubrir la realidad. Aquellas personas no llevaban la máscara para protegerse de una amenaza desconocida. Su acto no respondía a esa concepción egoísta de la vida que desgraciadamente es la que tenemos interiorizada. Aquellas personas, que probablemente estaban enfermas de gripe o creían estarlo, llevaban puesta la máscara en un acto de generosidad hacia los demás; hacia esa sociedad a la que ellos mismos pertenecían y que sabían que actuaría igual si la situación fuese a la inversa.

Vi personas con mascarilla cada vez que monté en el metro, o en el autobús, y cada vez que paseé por un lugar público, más o menos concurrido. Cada vez que veía a uno de ellos (hombres, mujeres y niños), y una vez descubierto el truco, pensaba que individualmente no "ganaban" nada por hacerlo. Su salud seguiría siendo exactamente la misma, con o sin mascarillas. De hecho si que estaban “perdiendo" algo, ya que llevarla es incómodo, da calor, se respira mal y aprieta la piel. Es más, seguramente habían tenido incluso que comprarla con su propio dinero. ¿Cómo se entiende desde aquí eso de gastar dinero y sacrificarse uno mismo de forma "gratuita", simplemente por ayudar a los demás?

No pretendo glosar las maravillas de Japón, porque la cultura nipona tiene también muchas otras cosas que son horribles (o muy horribles). Detesto además todas esas peleas barriobajeras del tipo “y tú más” que genera esa enfermedad llamada nacionalismo. Lo único que creo es que, especialmente ahora, deberíamos reflexionar sobre las cosas buenas que tienen los demás y que nosotros (ya) no tenemos. Influidos seguramente por esa corriente ultra individualista que impera en las culturas del norte de Europa, de origen calvinista o luterano o protestante en general y que son las que llevan los mandos del actual sistema capitalista, la sociedad española, que tradicionalmente ha sido más de ayudar que de no hacerlo, tiende rápidamente a esa forma totalitaria y sumamente egoísta de ver el mundo; una en la que todo empieza y acaba en uno mismo.

Ojalá todo esto sirva para que algún día mi vecino, el de la música, el que cuando me crucé ayer con él para echar la basura me condenó con la mirada por no llevar una máscara parecida a las que usaban en el ejército alemán durante la primera guerra mundial (que es la que llevaba él), le entren ganas de colocarse esa máscara para protegerme a mí.

Funny Face – The Kinks (1967)

 

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